Otras sabidurias desesperadas

28 de febrero de 2013

El callejòn de la Negra

Era una mujer de rasgos morenos y piel acriollada, unos 27 años y la gila màs buenamoza del callejòn, pero no se llamaba Paquita, sino Marisa, aunque nadie la conocìa por ese nombre, todos la llamaban "la negra". Tenìa un caminar que iba al compàs con sus inmensas caderas, una cintura diminuta y una alteza que imponìa admiraciòn, preciosa era la negra. Se paraba en la puerta del callejòn màs popular de Breña a contemplar la vida de todo aquel que pasase; admiraba cada espectàculo, peleas de parejas, traiciones, venganzas, chismes y alborotos.
Un dìa me contò la negra que frente a sus ojos una pareja empezò a pelear fuertemente, èl subiò el tono de la voz, ella empezò a llorar, èl pasò del tono alto a los gritos y las ofensas, la cogiò del cuello y la empezò a ahorcar, la mujer empezò a ponerse azul. No era la primera vez que la negra veìa a una pareja pelear, pero nunca al punto de creer que èste la podrìa matar, asì que no soportò y se metiò, con groserìas y la voz ronca caracterìstica de ella, gritò: -"Oye hijo de puta, deja a esa mujer, cobarde asqueroso"- le dijo la negra. El hombre la mirò asustado, dejò a la mujer y antes de reaccionar, la mujer de èste le respondiò- "Tù que te metes, negra de mierda, èl es mi marido y puede hacer conmigo lo que quiera, vete puta"- La negra la mirò asustada, tenìa frente a ella un ejemplo claro de mujer cojuda.  -"Me asustè ahijada, desde ahì prometì nunca màs meterme cuando a una tipa se la suenan- me dijo.

La negra Marisa y mi madre eran mejores amigas, crecieron juntas, compartieron anècdotas, alegrìas, peleas y novios, pero se hicieorn màs que inseparables. Mi madre cuando fue peque
ña la hizo "madrina de hàbito", loca costumbre, asì que desde aquel dìa la empecè a llamar "madrina".  Ella no tenìa oficio ni beneficio, nunca trabajò.  En su familia le habìan hecho creer que los ùnicos que debìan trabajar eran los hombres, las mujeres debìan estar en casa a cocinar, lavar, planchar y las solteras a hacerse siempre màs bellas. Su vida diaria era sòlo observar; salìa de la puerta de su casa vestida con un pantalòn blanco de jeans  a la cintura muy ajustado, una blusa verde metida debajo del pantalòn, una correa que le senaba màs la figura y sus labios pintados de rosado fuerte.
La negra entendiò que siendo sòlo un miembro de su familia el que trabajaba, debìan entrar otros ingresos a casa, asì que no tuvo mejor idea que ponerse a vender queques. No tenìa horno, sòlo una cocina a querosene con sòlo dos hornillas, esa era una cosa muy habitual en el callejòn. No sè aùn còmo, pero la negra hacìa los queques de vainilla màs deliciosos del mundo, supongo que los harìa a ba
ño Marìa como las antiguas. no lo sè, nunca lo supe, eran sus secretos de cocina. Salìa recièn del horno y medio barrio ansioso esperaba en la puerta; el olor de vainilla, leche, harina, huevo, azùcar y querosene se sentìa en toda la manzana - "Negrita, vèndeme tu queque" - le decìan los groseros - "Fuera de acà oye, apestoso, ya, ya, còmprame no màs, apura, apura, dame el sol"- decìa -"No sòlo el sol mamita, si quieres te doy  la luna y las estrellas"- le respondìan los vagos. - "Por ti, trabajarìa"- le decìa otro gracioso. Con las ùltimas dos tajadas la negra se ponìa en la puerta y bailaba- "Dale jamòn a la negra, que es comelona, que es comelona...quequito caserito, quequito recièn calientito"- decìa sonriente y en dos segundos las dos tajadas desaparecìan.

Hasta que llegò el amor, siempre el amor en medio...

Un dìa con una ùltima tajada de queque, la negra viò pasar como una luz destellante al hombre que serìa el amor de su vida. Se llamaba Enrique, era un hombre alto trigue
ño, fornido y por què no, simpàtico. Lo que es el amor, a veces el destino depara  enamorarse perdidamente a primera vista, sin entender razones, edades, oficios y compromisos. Enrique era obrero en una fàbrica, convivìa con una mujer y tenìa un hijo pequeño. Era unos años menor que la negra y estaba entrando en una lamentable adicciòn a las drogas. La negra no entendìa o no querìa entender, se hacìa la ciega. Desde que empezò el primer contacto con èl, enloqueciò de amor y no le importaba nada, sòlo èl. Asì entraron en una relaciòn pasional, besos y caricias en el callejòn, ya la negra no regresaba a casa, ya la negra no era màs una señorita, la negra ya no bailaba en la puerta, el callejòn se habìa empezado a apagar.

La relaciòn durò muchos a
ños, con los gritos, lisuras y golpes que se escuchaban en el callejòn cuando la mujer de Enrique se enterò de todo, con los supuestos viajes que hacìa Enrique que no eran otra cosa que internamientos por sobredosis, con los conflictos y los llantos de la negrita bella, esa negrita ya no era la misma.

Un domingo familiar, en plena hora del lonchecito, la negra saliò a comprar con una de sus hermanas a la panaderìa -"pan crocantito pa' familia, pan con mantequilla, pan con tecito"- . Hasta que sucediò lo inevitable, aquellos momentos que marcan nuestras vidas para siempre esos en los que el corazòn se destruye al ver lo que no queremos ver; en la otra acera caminaba Enrique con otra mujer que no era la suya. Era una mujer mayor, inmensamente gorda, descuidada y chancletuda. Pobre negra, el corazòn se le destrozò. Enrique la mirò, se percatò de la palidez de su rostro, giro la mirada y siguiò su camino sonriente, abrazado con la vieja gorda. Desde aquel momento, la vida de la negra, se empezò a desvanecer.

Durante un a
ño entero la negra se dedicò a llorarlo, èl nunca màs volviò a cruzar por la cuadra ni le dio explicaciones, decìan por ahì que lo veìan, ahora vivìa con la gorda 3 cuadras màs allà, dejò a su mujer y a su hijo, buscò esa comodidad de hogar y el beneficio de ser mantenido por una mujer mayor.
La negra volviò a pararse en la puerta del callejòn, volviò a ponerse aquel jeans a la cintura pero ya no tan apretado como antes, habìa perdido peso la negra, la pena la estaba màs que agobiando. Todas las noches la negra observaba, pero ya las peleas de pareja no le llamaban la atenciòn, sòlo lo esperaba, esperaba que èl pasase, ella estarìa dispuesta a perdonarlo mil y veces màs, pero èl nunca pasò.

Mis padres se casaro en aquella època. Supimos que la negra no se sentìa tan bien pero igual, incondicional como siempre, no faltò al matrimonio. Llegò del brazo de mi tìo, habìa bajado mucho de peso, no tenìa un buen semblante; le preguntè que cosa le pasaba, me dijo, es sòlo anemia y ahora un fuerte resfriado. Bailò alguna pieza, no tenìa el sabor de antes, no habìan màs esas caderas y esos pòmulos regocijantes. Estaba demacrada la negra, no me despedì de ella en el matrimonio, no me habìa percatado que esa, serìa la ùltima vez que la verìa.

Al a
ño siguiente la salud de la negra empeorò; los exàmenes en el hospital dieron la peor de las noticias: La negrita bella, tenìa leucemia en fase terminal.

En el hospital la negra, deliraba y lo clamaba - "Enrique, Enrique, sàlvame mi Enrique, yo te perdono cielo mìo"- Enrique, Enrique hasta el final, pero Enrique nunca llegò.

Mi madre y yo habìamos viajado, ninguna se pudo despedir. Un 12 de febrero a las 3am recibì una llamada de Perù. Era Azucena, la hermana- "Alecita...Alecita...tu madrina ha muerto"-

No sè cuanto tiempo me la so
ñè, no sè cuanto tiempo tardè en reponerme de su pèrdida. Fue demasiado repentino y nunca me pude despedir.
La negrita ya no està, sòlo me quedan los recuerdos, sus bailes, sus caderotas, su quequito caserito, sus silbidos, sus salsas, la cadenita que me regalò.
La negra no muriò de leucemia, le negrita muriò de amor.

Y el callejòn?

Quedò solitario, vacìo, sin la negra, sin su voz ronca, sus bailes, y el perfume a querosene de sus queques. Ya no es el mismo, aunque si ahora pasas por Bre
ña, todo el mundo conoce la calle centenario por "el callejòn de la negra" y las referencias para llegar a una determinada casa, son siempre: "Pasas el callejòn de la negra, dos puertas hacia la derecha, ahì es la casa de la familia Gòmez". "A sì, la tienda de doña Marìa es en la esquina de la calle del callejòn de la negra". "El tipo ese, que no es màs tipo, sino tipa vive frente del callejòn de la negra." "Vecina, han abierto una nueva peluquerìa- A si vecina, dònde? - En la calle centenario- Dònde es eso?- Es la cuadra del callejòn de la negra- Ah! perfecto! irè sin falta-".

Siempre se quedarà con ese nombre, aunque tu no estès màs, aunque tu negrita linda, te hayas apagado y tu amor tambièn.

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